jueves, 28 de agosto de 2014

Guerra y estrategia (6): La Batalla de Salamina



       


     Antecedentes históricos

La batalla de Salamina es la representación del momento más crítico de la Segunda Guerra Médica (desde el 480 al 479 a.C.), la segunda oleada de invasiones persas en territorio griego, y marcaría un punto de inflexión en la historia antigua.

Jerjes I, rey arqueménida quería conquistar toda Grecia y esta segunda invasión fue la consecuencia de la derrota de la Primera Guerra Médica (492-490 a.C.), todo empezó en la primavera del 480 con los avances persas hasta la zona de Tracia, Macedonia y Tesalia, y en Agosto se libra la batalla de Termópilas donde 300 de los mejores guerreros espartanos y unos 6000 aliados soportan durante 3 días el acecho de Jerjes y su ejército de 200.000 guerreros (en la batalla épica que se vería representada en la popular película de 300).

En ese mismo momento en el estrecho de Artemesio se libraría una batalla naval entre las fuerzas aliadas griegas y sus 271 embarcaciones contra unas 800 unidades persas, que luego de 3 días lograrían vencer, pero que no sería suficiente para acabar con la avanzada de Jerjes.

Finalmente los griegos se refugian en la isla de Salamina, donde se libraría la última batalla defensiva contra el imperio Persa y donde se pondría en juego el destino del mundo occidental tal cual lo conocemos hoy.


 La retirada Griega: arde Atenas y el final es cada vez más cerca

Una vez conquistada Termópilas, Jerjes avanza contra Tespias y Platea y por consecuencia toda la población de Atenas se refugia en la Isla de Salamina, Jerjes conquista sin dificultad la capital griega y ordena su incendio. Aunque hasta aquí todo haría pensar a una total victoria Persa, Jerjes no podría festejar todavía, sabía que para terminar la guerra debía librar una última batalla. Jerjes había aprendido que por tierra sería muy difícil derrotar las líneas defensivas helénicas, aún con una superioridad numérica notable, la mejor estrategia era el ataque naval.
Del otro lado los griegos sabían que esta era la última batalla y sólo ganando tendrían una posibilidad de frenar la invasión persa y que si caían derrotados sería el fin de su existencia, su cultura y su legado.
 

A pesar de los ataques sobre Atenas, los griegos mantuvieron sus líneas en Salamina, porque querían atraer la batalla hasta estas aguas, llenas de estrechos y pequeños islotes como táctica defensiva vista la gran diferencia numérica: Los aliados helénicos contaban con unas 370 trirremes (barco de una sola vela con tres líneas de remeros en tres niveles distintos superpuestos a cada lado), contra las 800 unidades persas.

Los persas claramente sabían todo esto, pero Jerjes quería terminar la guerra cuanto antes, y estaba tan seguro de su victoria que no le importaba cuánto le costaría, ni dónde debía librarla.

En cuanto a las formaciones iniciales, se dispusieron dos líneas de flotas una delante de la otra: los atenienses a la izquierda, los espartanos a la derecha y el resto de aliados al centro. 

De la parte persa, se dispusieron dos líneas de embarcaciones conformadas por fenicios y jonios, mientras el resto de la flota esperaría a las afuera del estrecho para brindar apoyo y atacar en caso de necesidad. Además Jerjes dispuso una flota egipcia a fin de bloquear cualquier posible vía de escape griega en el extremo occidental de la isla.

Al atardecer inició la batalla, los helénicos contaban con que la batalla durara poco y con la caída del sol se minimizaran los posibles daños. Por otro lado, atacar al atardecer era totalmente insólito porque se sabía que no se podría luchar en la oscuridad y eso aterrorizaría al enemigo. Así los griegos embistieron la primera línea persa obstaculizando la entrada de refuerzos tal como lo habían programado. El hermano de Jerjes, Ariamenes cae muerto por el ataque del flanco izquierdo liderado por los atenienses, luego el ataque se concentró en el centro y la primera y segunda línea persa se terminó dividiendo en dos. Los aliados helénicos se hicieron paso por el centro, los persas iniciaron a retirarse, pero a la salida del estrecho fueron emboscados por los aliados eginetas, y el resto de la flota persa buscó refugio en el puerto de Falero.

Se estima que las bajas persas fueron entre 200 y 300 naves, y que los caídos en combate ascendieron a miles, entre otras razones porque se cree que la mayoría de los asiáticos persas no sabían nadar. Desde su trono Jerjes fue un testigo privilegiado de la masacre de su flota y de cómo sus propias fuerzas se inculpaban unas a otras por una derrota inimaginable antes de la batalla.




Consecuencias de la Batalla: El mundo occidental sobrevive

Al terminar la batalla Jerjes decide emprender su retirada, dejando a Mardonio la tarea de dirigir sus propias tropas de elite para mantener la presencia persa en Grecia y continuar el ataque cuando pasara el invierno. Todo ello no resultaría, ya que el nuevo año (479 a.C.) los atenienses lograron retomar su ciudad y durante la batalla de Platea y de Mícala las últimas huestes persas caerían, acabando finalmente las Guerras Médicas. 

Una de las primeras lecciones que nos deja esta batalla es el reconocer el potencial del enemigo y el saber esperar el momento justo para proceder con las propias acciones, si Jerjes hubiera escuchado sus consejeros y si hubiera sido más astuto habría ganado la batalla e incluso la guerra.
Las consecuencias de la victoria griega son muy significativas incluso hasta nuestros días, una victoria persa habría significado el fin del mundo occidental tal como lo conocemos hoy, y todo su legado se habría perdido para siempre y quizás nunca habría existido la sociedad moderna que conocemos. Ya que todas nuestros fundamentos culturales, las libertades personales y la democracia tienen su origen en la Antigua Grecia.


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