martes, 29 de abril de 2008

La ultima batalla sobre la tierra (Ser guerrero)

Los hechos presentados a continuación fueron reales. Sucedieron hace unos pocos dias, y cuento tal cual pasaron. Esperando que sirva a cualquiera que lo lea.

Un saludo a todos y gracias por sus comentarios.

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La última batalla sobre la tierra...


Apenas dieron las 12 del día, regresaba de la escuela y modificando todos mis planes del día por una petición hecha por mi madre para acompañarla a hacerse unos análisis. Un estudio llamado colonoscopia, una intervención en el ano por el cual se explora el intestino para encontrar problemas dentro de él. Yo tranquilamente acepté y me fui con ella al medio día. Mi madre tranquila esperaba al doctor para que le practicara el examen, yo afuera esperando con mi laptop y leyendo libros. Unos minutos más tarde me manda a llamar el médico. Me comenta que "algo" no se había encontrado en su intestino y que necesitaba una operación de urgencia. En ese momento quede sorprendido. No entendía como podía tener algo tan grave sin presentar algún síntoma. No tuve más remedio que aceptar sus palabras y subirme a la ambulancia para llevarla a otro hospital para que le realizaran la cirugía. Mientras estaba en la ambulancia platica con la enfermera con la mayor tranquilidad posible. Inclusive hasta haciendo comentarios cómicos sobre las ambulancias, mi madre acostada con sedante viéndome a los ojos. La ví y le dije "vas a estar bien ma,.." ella no decía muchas cosas, simplemente leía todo en su rostro.

Al llegar al hospital, tuvimos que lidiar con la espera, médicos yendo y viniendo, gente adormilada por todas partes, algunos preocupados, otros silenciosos. Se respiraba un ambiente tenso. Al llegar a la zona de la operación, hable con otro médico, me explico cuál sería el procedimiento de la operación y sus riesgos. Caray, yo no soy médico, no podía tener el conocimiento sustentable para rebatirlo. Le dije: "Doctor, usted es quien sabe, si necesita hacer algo para salvar a mi madre, haga lo que tenga que hacer, en usted confió". El doctor no dijo nada, y me mando a firmar cartas de responsabilidad. Salí a los pasillos, y me quedé a la espera. Después de varias horas, me salí a la calle a comer algo, a platicar con mi hermano, y a hablar con personas que pudieran darme buenos ánimos. Cene en un Sanborns y regrese al hospital, me mandaron a llamar los médicos de nuevo. Esta vez una doctora, quizás no tenía la mente al 100 como para captar lo que me dijo y recibió mi mente de la mejor forma, la doctora me dijo "Tu mama esta grave, ¿estas consciente de eso?", moví mi cabeza en señal de afirmación. Quizá hayan sido las horas más duras y retantes del año. Regrese a la sala de espera y no sabía qué hacer, platique un poco con la trabajadora social, llego un momento en cual estaba al borde del descontrol. La incertidumbre y la moneda estaban al aire. No podía sentarme, no podía permanecer quieto, no sabía de qué forma controlar esta fuerza de impaciencia por saber que pasaría en las siguientes horas. Busque algo en lo que pudiera enfocarme. Un mural en el hospital, me presenta la imagen de Ehecatl y Mictlantecuhtli en una parte. Me concentré en la imagen, sabía lo que representaba. El viento era el aliento de la vida, y el aliento de la muerte. Vida y muerte, los dos rostros de una misma cara. No quería pedirle nada a nadie, solamente quería ofrendar mi energía a mi madre. Quería darle todo mi poder y juventud para que soportara la operación. El tiempo pasaba y lo único que se me ocurrió, fue permanecer de pie, totalmente derecho, en posición de guardia, como soldado ante bandera, como guerrero frente al enemigo. No podía sentirme derrotado, no podía sentirme mal, tenía que ser soporte de cualquier situación que viniera. Como me habían enseñado los antiguos, como guerrero.



 Pasaron las horas, seguí impasible, observando aquella preciosa imagen de los antiguos:
La vida y la muerte, dos caras de un mismo rostro...
Esta idea invadió mi mente casi como un mantra. Me podía encontrar con cualquiera de ellas en cualquier momento. No había tiempo para nada... así es la vida...
A las 3:30 am me hablan por las bocinas. Era el momento de saber qué cara iba a ver hoy. Me apreté los huevos y me fui sin vacilar a donde me llamarón. Encontré al médico a lo lejos. Lo llamé. Llego impasible y me confirmo la cara que quería ver ese día. Ehecatl, el portador del viento y de la vida, aquella bella energía que nos mantiene con vida en la tierra, seguía en el cuerpo de mi madre. La operación había sido un éxito. Una inmensa calma me invadió el cuerpo. Mi madre presento fuerza ante la operación, y se encontraba próxima a la recuperación. Ahora tenía que lidiar con el hecho de decírselo a la familia. Principalmente a la más cercana.

No todo fue fácil después. Pude tranquilizar a mi abuela, contándole lo principal de todo "mi madre está bien". Y después contándole el calvario sufrido. Ya después, estando en el hospital, con dos días sin dormir, a un lado de mi madre, solo me quedaba el tiempo. El tiempo era lo único que me daría los resultados que necesitaba. Ver a mi madre como la había visto aquel viernes en la mañana. Observar a un ser querido con tanto sufrimiento y dolor a un lado de ti, requiere de un control sobre ti impresionante. No podía decirle otra cosa a mi madre, más que "vas a estar bien, necesito que descanses, que soportes este dolor temporal"...

Role turnos con mi abuela y con mi hermano, a veces alguien se quedaba con ella en el día y la noche. La mañana del lunes, fui a verla, y tuve el gusto de ayudarle a caminar, y hacerle sentir bien. Unas odiosas cristianas se me colaron mientras hacía llamadas por teléfono. Las intente correr, pero mi madre ya había aceptado hablar con ellas. No quería causarle molestias que le provocarán algo en su cuerpo. Quise imaginarlas volando por una ventana del hospital en un viaje exprés y con pase directo a su dios y tan anhelado cielo. Los cristianos aman el cielo, pero por alguna extraña razón no se van al cielo por gusto. Cuanto trabajo ahorrarían los cobardes.
 
Regresé a mi casa, deseé distraerme con algo. Me encontré con el libro de Viaje a Ixtlan de Carlos Castaneda. Al azar leí el capítulo "La última batalla sobre la tierra". Don juan le enseño a Carlos, a que supiera vivir como si cada acción fuera nuestra última batalla sobre la tierra. Don Juan me hablo casi al oído...


Un cazador debe vivir como cazador para sacar lo máximo de su vida

Hay que hacerse responsable de estar en un mundo extraño -dijo-. Estamos en un mundo ex­traño, has de saber.


-No estamos hablando de lo mismo -dijo él-. Para ti el mundo es extraño porque cuando no te aburre estás enemistado con él. Para mí el mundo es extraño porque es estupendo, pavoroso, misterio­so, impenetrable; mi interés ha sido convencerte de que debes hacerte responsable por estar aquí, en este maravilloso mundo, en este maravilloso desierto, en este maravilloso tiempo. Quise convencerte de que debes aprender a hacer que cada acto cuente, pues vas a estar aquí sólo un rato corto, de hecho, muy cor­to para presenciar todas las maravillas que existen.
Insistí que aburrirse con el mundo o enemistarse con él era la condición humana.
-Pues cámbiala -repuso con sequedad-. Si no respondes al reto, igual te valdría estar muerto.
Me instó a nombrar un asunto, un elemento de mi vida que hubiera ocupado todos mis pensamien­tos. Dije que el arte. Siempre quise ser artista y du­rante años me dediqué a ello. Todavía conservaba el doloroso recuerdo de mi fracaso.
-Nunca has aceptado la responsabilidad de estar en este mundo impenetrable -dijo en tono acusa­dor-. Por eso nunca fuiste artista, y quizá nunca seas cazador.
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Repuse que tenía conciencia de mi muerte inmi­nente, pero que era inútil hablar o pensar acerca de ella, pues nada podía yo hacer para evitarla. Don Juan río y me comparó con un cómico que atraviesa mecánicamente su número rutinario.
-Si ésta fuera tu última batalla sobre la tierra, yo diría que eres un idiota -dijo calmadamente-. Es­tas desperdiciando en una tontería tu acto sobre la tierra.
Estuvimos callados un momento. Mis pensamien­tos se desbordaban. Don Juan tenía razón, desde luego.
-No tienes tiempo, amigo mío, no tienes tiempo. Ninguno de nosotros tiene tiempo -dijo.
-Estoy de acuerdo, don Juan, pero...
-No me des la razón por las puras -tronó-. En vez de estar de acuerdo tan fácilmente, debes actuar. Acepta el reto. Cambia.
-¿Así no más? .
-Como lo oyes. El cambio del que hablo nunca sucede por grados; ocurre de golpe. Y tú no te estás preparando para ese acto repentino que producirá un cambio total.
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-Quizás haya que decirlo de otra manera -dijo-. Lo que te recomiendo que hagas es notar que no te­nemos ninguna seguridad de que nuestras vidas van a seguir indefinidamente. Acabo de decir que el cambio llega de pronto, sin anunciar, y lo mismo la muerte. ¿Qué crees que podamos hacer?
Pensé que la pregunta era retórica, pero él hizo un gesto con las cejas instándome a responder.
-Vivir lo más felices que podamos -dije.
-¡Correcto! ¿Pero conoces a alguien que viva feliz?
Mi primer impulso fue decir que sí; pensé que po­día usar como ejemplos a varias personas que cono­cía. Pero al pensarlo mejor supe que mi esfuerzo sería sólo un hueco intento de exculparme.
-No -dije-. En verdad no.
-Yo sí -dijo don Juan-. Hay algunas personas que tienen mucho cuidado con la naturaleza de sus actos. Su felicidad es actuar con el conocimiento pleno de que no tienen tiempo; así, sus actos tienen un poder peculiar; sus actos tienen un sentido de...
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Los actos tienen poder -dijo-. Sobre todo cuan­do la persona que actúa sabe que esos actos son su última batalla. Hay una extraña felicidad ardiente en actuar con el pleno conocimiento de que lo que uno está haciendo puede muy bien ser su último acto sobre la tierra. Te recomiendo meditar en tu vida y contemplar tus actos bajo esa luz.

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-Pero todos vamos a morir -dijo.
Señaló unos cerros en la distancia.
-Hay algo allí que me está esperando, de seguro; y voy a reunirme con ello, también de seguro. Pero a lo mejor tú eres distinto y la muerte no te está es­perando en ningún lado.
Rió de gesto de desesperanza.
-No quiero pensar en eso, don Juan.
-¿Por qué no?
-No tiene caso. Si está allí esperándome, ¿para qué preocuparme por ella?
-Yo no dije que te preocuparas por ella.
-¿Entonces qué hago?
Usarla. Pon tu atención en el lazo que te une con tu muerte, sin remordimiento ni tristeza ni pre­ocupación. Pon tu atención en el hecho de que no tienes tiempo, y deja que tus actos fluyan de acuerdo con eso. Que cada uno de tus actos sea tu última batalla sobre la tierra. Sólo bajo tales condiciones tendrán tus actos el poder que les corresponde. De otro modo serán, mientras vivas, los actos de un hom­bre tímido.
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Nuestra muerte espera, y este mismo acto que estamos realizando ahora puede muy bien ser nuestra última batalla sobre la tierra -respondió en tono solemne-. La llamo batalla porque es una lucha. La mayoría de la gente pasa de acto a acto sin luchar ni pensar. Un cazador, al contrario, evalúa cada acto; y como tiene un conocimiento íntimo de su muerte, procede con juicio, como si cada acto fuera su última batalla. Sólo un imbécil dejaría de notar la ventaja que un cazador tiene sobre sus semejantes. Un cazador da a su última batalla el respeto que me­rece. Es natural que su último acto sobre la tierra sea lo mejor de sí mismo. Así es placentero. Le quita el filo al temor.
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Metí la mano en la trampa para agarrar al conejo. Lo tenía asido de las orejas y lo estaba sacando cuan­do me invadió una súbita sensación de terror. Por primera vez desde que don Juan había iniciado sus lecciones de caza, se me ocurrió que nunca me había enseñado a matar animales. En las numerosas oca­siones que habíamos recorrido el desierto, él mismo sólo había matado un conejo, dos perdices y una víbora de cascabel.
Solté el conejo y miré a don Juan.
-No puedo matarlo -dije.
-¿Por qué no?
-Nunca lo he hecho.
-Pero has matado cientos de aves y otros ani­males.
-Con un rifle, no a mano limpia.
-¿Qué importancia tiene? El tiempo de este conejo se acabó.
El tono de don Juan me produjo un sobresalto; era tan autoritario, tan seguro, que no dejó en mi mente la menor duda: él sabía que el tiempo del conejo había terminado.
-¡Mátalo! -ordenó con ferocidad en la mirada.
-No puedo.
Me gritó que el conejo tenía que morir. Dijo que sus correrías por aquel hermoso desierto habían lle­gado a su fin. No tenía caso perder tiempo, porque el poder o espíritu que guía a los conejos había lle­vado a ése a mi trampa, justo al filo del crepúsculo.
Una serie de ideas y sentimientos confusos se apo­deró de mí, como si los sentimientos hubieran estado allí esperándome. Sentí con torturante claridad la tragedia del conejo: haber caído en mi trampa. En cuestión de segundos mi mente recorrió los momen­tos decisivos de mi propia vida, las muchas veces que yo mismo había sido el conejo.
Lo miré y el conejo me miró. Se había arrincona­do contra un lado de la jaula; estaba casi enroscado, muy callado e inmóvil. Cambiamos una mirada sombría, y esta mirada, que supuse de silenciosa des­esperanza, selló una identificación competa por par­te mía.
-Al carajo -dije en voz alta-. No voy a matar nada. Ese conejo queda libre.
Una profunda emoción me estremecía. Mis brazos temblaban al tratar de asir al conejo por las orejas; se movió aprisa y fallé. Hice un nuevo intento y volví a errar. Me desesperé. Al borde de la náusea, patee rápidamente la trampa para romperla y liberar al conejo. La jaula resultó insospechadamente fuerte y no se quebró como yo esperaba. Mi desesperación creció convirtiéndose en una angustia insoportable. Usando toda mi fuerza, pisotee la esquina de la jaula con el pie derecho. Las varas crujieron con estruen­do. Saqué el conejo. Tuve un alivio momentáneo, hecho trizas al instante siguiente. El conejo colgaba inerte de mi mano. Estaba muerto.
No supe qué hacer. Quise descubrir el motivo de su muerte. Me volví hacia don Juan. Él me miraba. Un sentimiento de terror atravesó mi cuerpo en es­calofrío.
Me senté junto a unas rocas. Tenía una jaqueca terrible. Don Juan me puso la mano en la cabeza y me susurró al oído que debía desollar y asar al conejo antes de terminado el crepúsculo.
Sentía náuseas. Él me habló con mucha paciencia, como dirigiéndose a un niño. Dijo que los poderes que guían a los hombres y a los animales habían lle­vado hacia mí ese conejo, en la misma forma, en que me llevarán a mi propia muerte. Dijo que la muerte del conejo era un regalo para mí, exactamente como mi propia muerte será un regalo para algo o alguien más.
Me hallaba mareado. Los sencillos eventos de ese día me habían quebrantado. Intenté pensar que no era sino un conejo; sin embargo, no podía sacudir­me la misteriosa identificación que había tenido con él.
Don Juan dijo que yo necesitaba comer de su car­ne, aunque fuera sólo un bocado, para validar mi ha­llazgo.
-No puedo hacerlo -protesté débilmente.
-Somos basuras en manos de esas fuerzas -me dijo, brusco-. Conque deja de darte importancia y usa este regalo como se debe.
Recogí el conejo; estaba caliente.
Don Juan se inclinó para susurrarme al oído:
-Tu trampa fue su última batalla sobre la tierra. Te lo dije: ya no tenía más tiempo para corretear por este maravilloso desierto.
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 Estos últimos días fueron una prueba de fortaleza. Una prueba dura sobre el poder que tiene el conocimiento antiguo, para sobreponerse ante la adversidad. Frente a mi madre, nunca mostré cobardía o temor. No le quise infundir ningún sentimiento negativo que pudiera afectarle. Frente a ella era un muro sólido. Quizás en otro lugar, me invadía la preocupación y la incertidumbre de su recuperación. Cinco días sin comer ni tomar agua. Agotamiento extremo, y una sensación de estar en uno de los lugares más imponentes de la modernidad.

 Hoy en la tarde fui a visitar a mis compañeros de cultura antigua mexicana. Le ofrecí una danza de varias horas a mi madre. Una pequeña ofrenda de energía al mundo, una energía proveniente de todo el cariño de mi madre hacia ella. De ahí salieron las fuerzas, inclusive en la lluvia y la tormenta que hubo hoy en la gran Tenochtitlan.
 
Y esa fortaleza, hasta este momento. Me sigue protegiendo...

 Debo haber aprendido un paso más para convertirme en guerrero...

3 comentarios:

MM. dijo...

Sin duda esta experiencia poco agradable te ha hecho un ser más fuerte. Me da gusto que todo haya salido bien para ti y tu madre.

Me causaron mucha impresión las palabras que le dijiste al médico antes de que ella ingresara a cirugía, para mí representan la confianza entregada sin aviso previo de un ser humano vulnerable y preocupado a otro que en ese momento transforma la preocupación por su paciente en energía para poderle ayudar, a mí me han dicho palabras similares un par de veces, puesto que aún no soy médico sino una simple estudiante, pero de verdad que se siente maravilloso, como miedo y fuerza al mismo tiempo, supongo que son parte la misma esencia que conforma la vida y la muerte...

Gracias por compartir.
Un abrazo!

Tenamaxtli dijo...

Gracias por tu comentario. Fueron momentos de tensión en donde pense y actue de la manera mas logica y fria posible. Afortunadamente mi madre ya esta en casa recuperandose.

Un saludo

Federico Nieto dijo...

Como bien decía mi amigo Nietzsche: “Lo que no me mata, me hace más fuerte”. Esas experiencias difíciles son las que forman al guerrero. Después de atravesarlas, uno sale más crecido y más depurado.

Hoy amanecí pensando en lo que Juan Matus llamaba “la última batalla”, y buscando reflexiones sobre ella encontré tu excelente blog. Es muy inspirador, muchos de sus posts hacen que uno se reencuentre con el espíritu ancestral y retome fuerzas para el combate cotidiano. Gracias por compartir tus experiencias y reflexiones.

Saludos desde Caracas.