miércoles, 5 de marzo de 2008

La muerte como consejera (Don Juan)

Don juan le pidio a Carlos que hablara con las plantas. Carlos se nego, puesto que se sentia estupido. Don Juan lo intento convencer de que se estaba formando de un grado de importancia muy alto. Carlos lo nego, y Don Juan utilizo una treta para desequilibrar sus pensamientos. Le dijo que alguna vez habia visto algo en los ojos de Carlos. Lo convencio de que tenia algo en la mente que habia ocultado por mucho tiempo. Le dijo que habia tenido un encuentro con un halcon hace mucho tiempo. Carlos nego el recuerdo, pero los juegos de Don Juan le hicieron aflorar la memoria. Hace mucho tiempo intento cazar un ave con la que no podia. El dia que la tuvo en la mira. La dejo ir. Don Juan le explico que fue su muerte la que le susurro al oido:

-La muerte es nuestra eterna compañera -dijo don Juan con un aire sumamente serio-. Siempre está a nuestra izquierda, a la distancia de un brazo. Te vigilaba cuando tú vigilabas al halcón blanco; te susurró en la oreja y sentiste su frío, como lo sentiste hoy. Siempre te ha estado vigilando. Siempre lo es­tará hasta el día en que te toque.

Respondió que el asunto de nuestra muerte nunca se llevaba lo bastante lejos. Y yo argumenté que para mí no tendría sentido seguir pensando en mi muerte, ya que eso sólo produciría desazón y miedo.

-¡Eso es pura idiotez! -exclamó-. La muerte es la única consejera sabia que tenemos. Cada vez que sientas, como siempre lo haces, que todo te está sa­liendo mal y que estás a punto de ser aniquilado, vuélvete hacia tu muerte y pregúntale si es cierto. Tu muerte te dirá que te equivocas; que nada im­porta en realidad más que su toque. Tu muerte te dirá: “Todavía no te he tocado.”


Uno de nosotros tiene que pedir consejo a la muerte y dejar la pinche mezquindad de los hombres que viven sus vidas como si la muerte nunca los fuera a tocar.

Permanecimos en silencio más de una hora; luego echamos a andar nuevamente. Caminamos sin rum­bo, durante horas, por el chaparral. No le pregunté si eso tenía algún propósito; no importaba. De algu­na manera, me había hecho recobrar un viejo sentimiento, olvidado por completo: el puro gozo de mo­verse, simplemente, sin añadir a eso ningún propósi­to intelectual.



1 comentario:

Anónimo dijo...

tome tu entrada y la corregí un poco, me agrado y mucho... cuidese amigo